CARTA ABIERTA A D. GERMÁN DELIBES DE CASTRO, CATEDRÁTICO DE PREHISTORIA
EN LA UNIVERSIDAD DE VALLADOLID (ESPAÑA).

 

Por la presente hago referencia a sus comentarios bajo el epígrafe L. Pérez-Rubín y la arqueología vallisoletana de comienzos de siglo, intercalados en la edición facsímil (tomo v) del Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones, de 1986, debida al grupo Pinciano, de Valladolid, y auspiciada por la Caja de Ahorros provincial de ésa (integrada actualmente en Caja España, con sede central en León)

Por pura casualidad me enteré a principios de septiembre pasado que en la Biblioteca Nacional (Madrid) había una edición facsímil de dicho Boletín, y consultada la misma para recabar datos de nuestro antepasado Luis Pérez-Rubín y Corchado (1856-1942), abuelo mío, he leído sus comentarios de referencia.

 

Figura 1. Retrato de Luis Pérez-Rubín y Corchado (1856-1942).

 

En primer lugar, le agradecemos que la vida profesional de D. Luis haya merecido la atención de Ud. al cabo de los más de setenta y cinco años transcurridos desde que se jubiló y que haya señalado algunas cosas positivas y hasta lisonjeras de su personalidad. Sin embargo, su texto adolece de datos biográficos muy escasos y refleja un concepto de la arqueología bastante particularista, lo que le lleva a unas conclusiones totalmente parciales e injustas, con juicios de valor más bien desfavorables e, incluso, recriminatorios. Por otro lado, la mitad de la argumentación negativa está referida a la vida extraoficial de la persona, por cuanto tiene que ver con su pertenencia a una entidad privada. Todo ello, con las agravantes de que no conoció y tampoco trató a la persona en cuestión, ni oficial ni socialmente, al no haber sido coetáneos, y de que no puede defenderse él por no hallarse entre nosotros.

Lamentablemente, Ud. no ha consultado ninguna documentación oficial --aparte de, al parecer, la escueta Hoja de Servicios--, tal como memorias anuales, proyectos o propuestas que formulara, directrices que recibiera de la Superioridad y presupuestos con los que contara mientras estuvo al frente del Museo Arqueológico provincial de ésa en calidad de director. También resulta evidente que no ha consultado el expediente académico de la persona y que no ha buscado datos biográficos suyos ajenos a la Administración civil y a la entidad ya citada.

En resumidas cuentas, D. Luis estuvo vinculado a dicho museo, en la citada etapa, durante un total de catorce años, lo cual prueba, creo yo, que se desenvolvió a la entera satisfacción de la Superioridad. Respecto a la relativamente parca ampliación de los fondos museísticos durante el período 1905-16, es de suponer, fundadamente, que se debería a limitaciones presupuestarias y ausencia de donaciones, a las especialísimas circunstancias de la época (a la que me referiré con algún detalle más abajo), así como a que la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, como Ud. muy bien puntualiza, no se creó hasta 1912 y no consiguió desarrollar en sus inicios la ambiciosa labor que se había propuesto, hecho, este último, que no favorecería la gestión de nuestro antepasado en el expresado sentido. En cuanto a la relativa movilidad en su carrera dentro de la Administración civil, habría que ver si hubo traslados con incentivo e incluso forzosos, movilidad que, por otra parte, le habría servido para ensanchar su experiencia y ampliar el círculo de sus relaciones profesionales.

Está visto que Ud. desconoce la mecánica administrativa del Estado para la consignación de fondos presupuestarios de cuantías importantes y que ha considerado al biografiado y a su actuación con la mentalidad (subjetividad) de hoy. Además, no se ha situado Ud. en los tiempos que le tocaron vivir, esto es, en el tan conflictivo--e incluso turbulento--contexto político-social y económico de la España de 1898 a 1925, de lo que es clarísimo exponente el hecho de que sólo en el espacio de los veintiún años que mediaron entre 1902 y 1923 (época de la Regencia) hubo nada menos que treinta gabinetes (consejos de ministros), lo que da una media de un gabinete nuevo, con incluso cambio de ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, ¡cada 8,4 meses!.

Me permito indicarle que sobre esos graves problemas del país se pronunciaron el maestro Ortega y otros intelectuales de entonces, los cuales, como nos lo ha recordado recientemente Antonio Elorza al hablar de los grandes periodistas del pasado, abogaban por la europeización ante la consciencia del atraso e inmovilismo de la sociedad y la necesidad de trazar pautas para la reforma del país, de un nacionalismo progresista y de un cambio cultural. Coincidió esa época, además, con la recuperación por los gastos militares debidos a la guerra de Cuba, la crisis total y pesimismo por la pérdida de las últimas colonias ultramarinas y la posterior guerra de Marruecos (1921-25).... Todo eso es, naturalmente, historia contemporánea, no prehistoria.

He de señalarle que el propio Museo Arqueológico Nacional se fundó en 1867, y que estuvo inspirado supuestamente en el modelo del fundado cinco años antes en Francia por el emperador Napoléon III, el cual se denominó Museo de Antigüedades Nacionales. Ese concepto de 'antigüedades'--e incluso de obras de arte no tan antiguas--rigió aquí también durante bastante tiempo a juzgar por la adjunta fotografía de una de las salas de nuestro Museo nacional.

 

Figura 2. Una sala del Museo Arqueológico Nacional (Madrid, h. 1912).

 

El biografiado tuvo una capacidad excepcional para el estudio y el trabajo, lo cual quedó patente en la diversidad de sus funciones y en su incansable actividad, pero tardó en conocer sus dos vocaciones de fondo, de ahí que estudiara sucesivamente tres carreras distintas, a saber, las de profesor de Enseñanza Media, profesor mercantil y licenciado en Filosofía y Letras, cuyos títulos obtuvo (éste último en 1887 y con la calificación de Sobresaliente). Por si fuera poco, en 1898 aprobó los ejercicios de oposición a cátedras de Psicología.

Todo ello prueba su polifacetismo (nunca 'versatilidad', que en nuestro idioma significa veleidosidad) puesto que fue un generalista dada la diversidad de sus intereses intelectuales--cosa que, por lo demás, era muy propia de su época--. No tenía simple erudición sino una vasta cultura (sobre todo en el sentido unamuniano de 'gran vida interior'), era publicista o polígrafo, y desde luego tenía grandes dotes de investigador--dotes que han heredado un nieto, un biznieto y, por lo que parece, al menos un tataranieto suyos--. Después de haberse dedicado a la Segunda Enseñanza en Madrid, optó por la carrera de Filosofía y Letras (no había aquí licenciatura en Arqueología) y, como Ud. dice, en 1890 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios (luego Arqueólogos), en su Sección de Museos. Es decir, ingresó en un Cuerpo mixto de profesionales de carrera, con distintas especialidades, admitidos al servicio del Estado.

Además de arqueólogo, según se explica más abajo, mi abuelo fue americanista y cervantista. Pudo ejercer diversas profesiones, a saber, en Simancas, archivero; en Valladolid, las de periodista (fue director de los periódicos La Libertad y La Verdad, así como colaborador de El Norte de Castilla, El Diario Regional y El Porvenir), bibliotecario (fue jefe de las bibliotecas Universitaria e Histórica de Santa Cruz), y conferenciante. En Madrid fue jefe en el Museo de Reproducciones Artísticas y con el tiempo conservador del Museo Arqueológico Nacional. Una vez jubilado oficialmente, ejerció de archivero en la Casa ducal de Villahermosa. Dentro de la actividad cultural privada, fue socio fundador del Ateneo de Filosofía y Letras y socio del Círculo de Bellas Artes.

Pese a su incorporación relativamente tardía al Cuerpo, con 34 años de edad, tuvo una carrera brillante en su calidad de gestor de museos del Estado durante veinticinco años, la mayoría con el cargo de director o asimilado y en la rama arqueológica. Para su información, me tomo la libertad de hacerle presente que en aquella época no era requisito indispensable ser arqueólogo para la dirección en esa rama, ya que hubo varios literatos--sin quizá ninguna formación arqueológica de orden teórico--que llegaron a ser también tales gestores, como lo fueron Ruiz Aguilera y García Gutiérrez--otros dos románticos de talante liberal al igual que Ud. califica a mi abuelo--, los cuales dirigieron el Arqueológico Nacional en el siglo XIX.

A nuestro antepasado le sobraba conocimiento o criterio de la ciencia arqueológica. Por su vocación humanista, así como por temperamento y sensibilidad, eligió la arqueología de gabinete, llamada también pasiva o descriptiva, sin la cual no existiría la arqueología de campo, especializándose en la arqueología hispanoamericana que precisamente había iniciado nuestro país en el siglo XVIII por iniciativa del rey D. Carlos III de feliz memoria. En la enciclopedia italiana Monitor (edición española), se dice, en síntesis, que la arqueología, en general, es la ciencia histórica que estudia el mundo antiguo en todos sus aspectos y restos materiales, y que tiende, junto con la filología, a la reconstrucción de ese mundo en sus diversos aspectos con el fin de elaborar la historia del mismo. Por último, en la Encyclopaedia Britannica (1998), se dice que el arqueólogo tiene por finalidad principal el situar en contextos históricos los restos materiales objeto de su estudio, y que es, pues, ulteriormente, un historiador con la finalidad de describir el pasado del hombre interpretativamente.

Luego está la arqueología de campo, innovadora, que tuvo un gran desarrollo en Alemania--a partir de Winckelmann--bastante antes que en España. Resulta que de los siete 'arqueólogos innovadores', de campo, que Ud. cita, dos son alemanes (uno de ellos, Obermaier, no era arqueólogo sino prehistoriador), un tercero es francés y un cuarto--el marqués de Cerralbo--no fue funcionario público, que yo sepa. En cuanto a un quinto, nuestro compatriota Sautuola que, muy meritoriamente, exploró y dio a conocer por primera vez la existencia de una cueva europea con pinturas rupestres--descubiertas realmente por su hija, como ya sabrá. Ud. ---, no he visto que figure calificado precisamente como arqueólogo innovador; es más, hay enciclopedias en las que se le reconoce por prehistoriador y en otras, por ingeniero.

Además, la actividad de arqueología de campo, dicho sea de paso, le habría exigido a D. Luis trabajar a la intemperie y realizar unos esfuerzos físicos importantes para los cuales no tenía ni el temperamento ni el grado deseable de robustez, lo que hizo que adoleciera, efectivamente, de formación en el aspecto técnico de la arqueología que, dicho sea de paso, estaba en pañales en aquellos tiempos, como Ud. mismo lo reconoce con otras palabras. Por otra parte, la dirección de excavaciones era una función muy apetecida, al menos en su tiempo y hasta 1936--quizá por el gran prestigio académico que podría reportar y por el sensacionalismo periodístico y popular implícito (tal y como fue, v.gr., el caso del tándem inglés Carnavon-Carter mencionado por Ud.), lo que motivó que esa función estuviera bastante politizada.

Muy curiosamente, y para su información, me permito darle a conocer que hemos tenido a quizá al más grande de los descubridores de piezas arqueológicas de todos los tiempos. No era arqueólogo de profesión pero consagró nada menos que ¡cuarenta y dos años! de su vida a esa tarea y, pese a todo ello, nunca ha tenido el verdadero reconocimiento que merece, ni en España ni en el extranjero. Me refiero al aragonés Roque Joaquín de Alcubierre y al descubrimiento de Pompeya, Herculano y demás lugares de interés arqueológico en el golfo de Nápoles (en el siglo XVIII). Ni siquiera el tan alabado Schlemann, el alemán descubridor de Troya, hizo tanto, ni mucho menos. En el caso de España, ¿se habrá debido el silencio a la envidia que nuestros propios pensadores achacan al español y al afán egocéntrico de protagonismo propio con olvido o desdoro del ajeno?. Ha sido tal la conspiración del silencio aquí, que ni siquiera figura en la edición clásica de nuestra gran Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa. En el caso del extranjero, sólo diré que el alemán Ceram (seudónimo de Kurt Willi Marek), notable divulgador de temas arqueológicos, no sólo desprestigia a Alcubierre sino que le considera napolitano y le llama Rocco Giacomino. Sin comentarios. No obstante, el arqueólogo francés Etiénne sí reconoce que los "méritos de Alcubierre fueron inmensos" (¡!).

Por lo que se refiere al ensayo sobre el culto Mariano, que D. Luis calificó de arqueológico-artístico, está referido a imágenes que podían verse en templos de la provincia de Valladolid. En Madrid, la primera imagen que habría citado sería la de Ntra. Sra. de la Almudena, la cual, como quizá sepa Ud., se descubrió oculta, según la tradición, en la antigua muralla árabe matritense después de la reconquista del Magerit moro por el rey Alfonso VI. Para demostrar que dicho trabajo no es en absoluto extraarqueológico, le remito a la opinión elogiosa de nada menos que al crítico de libros de la Revista de Archivos y Museos (número del segundo semestre de 1906, pp. 458-59), y no--como diría D. Luis con su fino sentido del humor--a la opinión 'religiosa' de ningún eclesiástico.

A mayor abundamiento, le remito a una acreditada obra extranjera, a saber, Le grand atlas de l'archéologie (París, 1985), traducida al inglés, en la cual se dice (ES TRADUCCIÓN): "Una indagación acerca del culto actual a San Antonio, por la observación de estatuas [imágenes escultóricas] que se hallan en las iglesias de París, tiene índole arqueológica porque lleva implícito un inventario levantado in situ y la observación detenida de objetos materiales". Esa cita es un ejemplo de lo que Philippe Bruneau, arqueólogo francés actual, denomina 'arqueología contemporánea' frente a la 'moderna' anterior. En la misma línea señalada por Bruneau, Ruiz Gil y López Amador hablan, en síntesis, de la aplicación de la metodología arqueológica al estudio de las edades moderna y contemporánea, tanto a lo enterrado como a lo habitable, a lo perecedero como a lo imperecedero, todo lo cual debe conducirnos al marco de una teoría histórica. [Fuente: Revista de Arqueología, Madrid, Núm. 189/1997).

Mi abuelo, pues, fue una especie de modesto adelantado para su época. Por lo que antecede y por lo que diré más adelante, huelgan de todo punto tales apreciaciones suyas como las de la "relativa parquedad de su bagaje científico" y "no se nos muestra como un auténtico profesional", referidas a D. Luis.

En cuanto al papel que desempeñó en calidad de secretario--y luego de vicepresidente--de la Junta directiva de la Sociedad Castellana de Excursiones, de la que fue socio fundador, no pudo ser más airoso ya que para la secretaría se requeriría precisamente una persona de sus cualidades y personalidad, como Ud. mismo lo reconoce indirectamente.

Por aquello de que las comparaciones son siempre odiosas--según el tan manido dicho--, creo que también huelga la frase esa de "un cuarto personaje, no tan ilustre como los anteriores" (todos ellos eran, como mi abuelo, de la clase media y de profesiones liberales, pues hubo un historiador de la arquitectura, un pintor y arquitecto, un arquitecto y arqueólogo, un pintor y arquitecto, un catedrático de instituto y publicista, y un periodista). También huelga lo que no era "la llama intelectual" de la expresada Sociedad.

Más abajo daré cumplida réplica, indirectamente, a su más bien apreciación peyorativa al indicar que D. Luis, al contrario de tres de sus consocios, no escribió para el boletín de la Sociedad ninguna colaboración sobre arqueología en el sentido excluyente que Ud. da a esa disciplina. Era, desde luego, un boletín muy instructivo para los socios interesados por la cultura, pero hay que reconocer que el objeto de la entidad era el excursionismo y para "fomentar el conocimiento y el estudio detenido del arte antiguo castellano" y de la historia (no de la arqueología per se), en palabras del propio promotor y director de la entidad. Por ello, y como Ud. ya sabrá, en 1917 se cambió el nombre del boletín por el de Castilla artística e histórica. Eso de que su biografiado dijera en el boletín haber departido con 'arqueólogos profesionales', no es, evidentemente, ninguna 'jactancia', como Ud. dice, sino, muy al contrario, una muestra de su auténtica modestia--que me consta por haber convivido con él durante cuatro años--y de su sana admiración por los arqueólogos de campo, porque él no tenía la formación técnica necesaria para esa subespecialidad--ni, por consiguiente, la debida experiencia--, según lo ya dicho.

Desde luego, durante su estancia en Valladolid fue objeto de toda clase de distinciones y nombramientos, tales como la de académico de número de la de Bellas Artes (al igual que varios de sus 'más ilustres' colegas en la Junta directiva), examinador de Paleografía en el Tribunal de la Universidad Literaria, socio corresponsal de la Asociación Artístico-Arqueológica de Barcelona, miembro del Jurado calificador del Certamen Literario-Artístico del Tercer Centenario de la publicación de El Quijote (por ser él cervantista reconocido), bibliotecario del Colegio de Doctores y Licenciados en Ciencias y Filosofías y Letras, tesorero de la Academia Provincial de Bellas Artes, ayudante interino del Instituto General y Técnico, etc., etc.

Respecto a los simpáticos y más bien graciosos comentarios de Ud. acerca de las exquisiteces de la gastronomía en las excursiones, es algo que cuadra perfectamente, creo yo, con el aspecto social, recreativo y desenfadado que también tenía la expresada entidad (o ¿será que los arqueólogos han de ser serios y envarados en toda ocasión, y que no tienen papilas gustativas como los demás mortales?). Por otro lado, las propias actas societarias nos hacen saber que las Juntas generales no solían estar muy concurridas, pero que sí lo estaban los banquetes anuales celebrados en elegantes restaurantes de Valladolid, capital, porque, desde el principio, la gastronomía ocupó un lugar nada irrelevante en las sociedades de excursiones (Este párrafo procede, en transcripción ligeramente libre, del Diccionario histórico de la Antropología española, de Ortiz García y Sánchez Gómez (CSIC, 1994). En efecto, por esas actas se puede ver que en 1909, un año característico, hubo 167 socios, de los cuáles sólo 19 asistieron a la Junta general y sólo 14 y 17 participaron en las dos excursiones que se realizaron, pero 40 concurrieron al banquete anual. Aun cuando asistirían algunos familiares de socios a las dos últimas actividades, la proporción a favor del banquete no deja de ser abrumadora.

A eso de que no escribiera para el Boletín artículos netamente arqueológicos, según su parecer de Ud., es algo que, supuestamente, se reservaba para la posibilidad de tener acceso a alguna revista más especializada, de mayor difusión y de prestigio nacional e internacional, lo que coincidió con su estancia definitiva en Madrid. Y digo eso, porque tales artículos especializados que Ud. echa en falta en la época vallisoletana de D. Luis, se publicaron en la gran revista madrileña titulada Raza Española: Revista de España y América (1919-30). Esa revista, que, lamentablemente, no ha sido publicada aún en edición facsímil, estuvo dirigida por la insigne Dª Blanca de los Ríos (escritora, ensayista, investigadora y académica, discípula de D. Marcelino Menéndez y Pelayo). En dicha etapa se codeó él, en igualdad de condiciones, con lo que podría calificarse como lo más granado de la intelectualidad de la época, según la relación parcial adjunta (Anexo), desarrollando la faceta arqueológica con artículos tales como los siguientes: La revelación de América, Antigüedades americanas y Pirámides y esfinges americanas. Precisamente ese último artículo sigue citándose actualmente en Hispanoamérica, pues figura en la Bibliografía de la Arqueología publicada por la Dirección de Bibliotecas de la Universidad de Veracruz, Estados Unidos de México. (En reconocimiento por la calidad de tales artículos, la Universidad Nacional de México le honró en su día con la donación de una colección de obras editadas por ese Centro de enseñanza superior). Además, la Unión Iberoamericana tuvo la deferencia de brindarle, espontáneamente, la admisión en la misma con el carácter de socio de número. Asimismo, fue colaborador de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos y de la Revista del Archivo Histórico Nacional, ambas de Madrid.

Lo de la obrita sobre cálculos mercantiles, no representa ni una curiosidad ni una excentricidad, sino un librito de texto, cuyo título exacto es Lecciones elementales sobre cálculos mercantiles (1895), que escribió para las clases nocturnas gratuitas que se daban en Valladolid a jóvenes obreros, por iniciativa de una Asociación benéfica. También publicó, con carácter igualmente didáctico, la obrita Introducción a la Metafísica (ídem), consistente en una síntesis de los apuntes que había tomado de estudiante en la Facultad. Y el que asimismo escribiera alguna novela, alguna obra de teatro, cuentos y poesías, no es ningún "perfecto botón de muestra sobre el pintoresco modo en que [...] concebía la arqueología", sino botones de muestra de su ya mentada aptitud paralela de publicista o polígrafo.

Aparte de todos los méritos de nuestro antepasado que se enumeran más arriba, fue un nacionalista castellano cuando ni siquiera se soñaba con la posible venida de una Estado de las autonomías, lo que se acredita con su definición del carácter castellano, tan certera, elocuente y concisa, que ha merecido, al cabo de 85 años de haberla escrito, ser citada por un escritor actual, junto con una de José Mª Carandell, en una reseña de Víctor de Burgos (1998) titulada Castilla: Historia del territorio castellano burgalés (3000 AC-1038 DC).

Como puntualiza la susodicha Dª Blanca de los Ríos en un número de su revista del año 1925, al reivindicar la memoria y los méritos intelectuales de la gaditana Francisca de Larrea, que fue célebre por sus tertulias domésticas (lo que en Francia se llamaban 'salones románticos al estilo parisino') pero que en lo intelectual se la infravaloró y trató injustamente por el 'chauvinismo masculino' celtibérico, pese a haber sido la introductora del espíritu romántico en España: "Hay un enorme goce moral en rehabilitar a los muertos mal estimados, y otro, puro goce intelectual, en reconstruir hechos y vidas ignoradas [en el caso de D. Luis, ignorado en el sentido inglés, es decir, dado de lado, lo que es mucho peor que el simple desconocimiento, juntando rotos y dispersos fragmentos de verdad [...]". (Todo el subrayado anterior es del infrascrito).

A la par que le acuso recibo de su carta, en tono conciliatorio, del 5 de octubre ppdo. en respuesta a mi anterior del 28 de septiembre, debo hacerle patente que he optado por la divulgación de la presente dado que no ha atendido Ud. a mi ruego de que gestionara la publicación de un comunicado que nos diera plena satisfacción a mí y a mi familia, y que fuera dirigido, dentro de lo posible, a los mismos destinatarios de la edición facsímil del repetido Boletín.

En Madrid, a siete de noviembre de mil novecientos noventa y nueve, aniversario del nacimiento de D. Luis., con revisión al doce de enero de 2001. Carlos Pérez-Rubín, c/ Núñez de Balboa, 28 - 2º 5, 28001 Madrid.

 

 

Anexo 1. RELACION NOMINAL, PARCIAL Y POR ORDEN ALFABETICO, DE OTROS ILUSTRES COLABORADORES QUE TUVO Dª BLANCA DE LOS RIOS EN LA REVISTA RAZA ESPAÑOLA (1919-30), FUNDADA POR ELLA.
 
Alcalá Galiano, D. Álvaro.
Altamira, D. Rafael.
Altolaguirre, D. Ángel.
Araujo Costa, D. Luis.
Asín Palacios, D. Miguel.
Blanco y Sánchez, D. Rufino.
Boix, D. Félix.
Casanova, Dª Josefina.
Casares, D. Julio.
Cuenca, D. Carlos Luis de.
D’Ors, D. Eugenio.
Espina, Dª Concha.
Espinós, D. Victor.
Fernández Florez, D. Wenceslao.
León, D. Ricardo.
Lozoya, Marqués de.
Marquina, D. Eduardo.
Mélida, D. José Ramón.
Ortega Munilla, D. José.
Pardo Bazán, Condesa de.
Pérez Bustamante, D. Ciriaco.
Ríos, D. Fernando de los.
Rodríguez Marín, D. Francisco.
Rubió y Lluch, D. Antonio.
Sánchez Cantón, D. Francisco Javier.
Tormo y Monsó, D. Elías.
Vázquez de Mella, D. Juan.